viernes, 28 de marzo de 2008

Historia de mi renta

Había tratado con él las condiciones generales y negociado el monto de la renta. Cuando lo visité para negociar tuve que verlo en la antecámara de su cuarto, porque su estado de salud estaba en franco deterioro, según confesó.

 Yo tenía prisa por firmar el contrato y lo mismo él, así que llegamos rápidamente a un acuerdo.

Me presenté a la semana siguiente para entregar el adelanto.

 Abrió la puerta su hijo y me hizo pasar a la sala, pero en lugar del espléndido piano de cola, entre dolientes y gemidos, había un féretro gris. Mi casero yacía en la caja, tan campante.

La viuda se acercó para facilitarme las cosas:

— Ya lo ve, estaba ya muy malo...
— Señora, lo siento mucho. Vuelvo en otro momento...
— No, no, no. ¡De ningún modo!.. Prosigamos con el trato.
— ¿Eh?... ¿Cómo?... Bueno, pues entonces… ¿A nombre de quién hago el cheque?

El hijo, atento, intervino.

— Al portador estará muy bien.

Firmé apenas a un lado de la caja; y los poco más de dos años que vivimos ahí los pagamos siempre con cheques
“al portador”.

2 comentarios:

Isabel dijo...

es neta esta historia?

JHT dijo...

Tengo testigos.