jueves, 16 de octubre de 2008
La justicia también requiere paciencia
Llegó lo más rápidamente posible. Había pasado diez años en un coma producido por mezclar alcohol y volante. Cuando eso sucedió sus hijos tenían once y ocho años. Ahora eran adultos jóvenes, pero ella parecía haber envejecido más de veinte.
Apenas entró lo vio despierto, consciente y con los ojos abiertos, expectantes. Se paró a su lado, pero no lo tocó: después de un breve silencio, le dijo:
-Han pasado diez años desde que estás en esa cama. Durante todo este tiempo nuestros hijos han crecido y madurado, y yo no me he vuelto a casar. Todos hemos sufrido y trabajado para salir adelante. Ha sido un calvario, pero no hay duda que en ocasiones los esfuerzos tienen también su recompensa, y que los momentos por los que tanto hemos esperado también pueden llegar. Por eso doy gracias a Dios.
Él sonrió por primera vez, e intentó levantar los brazos para abrazarla, pero la fuerza no le dio para más.
Ella, entre sollozos, comenzó a buscar afanosamente algo en su bolsa. Como en cámara lenta, ante los ojos sorprendidos y desconcertados de médicos, enfermeras y marido, extrajo una pequeña pistola que apuntó al convaleciente. Mientras jalaba del gatillo, pudo todavía musitar unas pocas palabras, sólo para él:
-Y he aquí lo que te mereces por esta larga espera.
viernes, 22 de agosto de 2008
Para todo hay solución
Ella, además, reclamaba solución inmediata y sin importar costo: lo único que no podían permitirse era que la gente supiera de la desgracia familiar.
Ideó todo, por lo tanto, con ella. La única condición que impuso fue la de no saber fecha, método o momento, y sólo fijaron un plazo máximo para cumplir con el plan.
Dedicó los siguientes días a ordenar sus papeles. Calculó: si todo salía bien, la familia no sólo saldaría lo que debía, sino que podría comenzar de nuevo.
Seguro, por fin, de que todo quedaba arreglado, respiró en paz, se sirvió un trago de su whiskey favorito y se recostó cómodamente en el mejor sillón de su despacho.
En ese momento le alegró realmente la decisión: nunca más ver una cuenta de banco, nunca más esa angustia vergonzante con su mujer cuando eran rechazadas las tarjetas de crédito. Nunca más, pensó, mientras llevaba a sus labios el vaso tranquilizador.
Fue en ese momento que llamaron a la puerta. Era el servicio, que había llegado. Se presentó en forma de una bala, calibre 22, que limpiamente le atravesó la cabeza.
miércoles, 21 de mayo de 2008
El naufragio
A pesar de lo lastimoso de mi estado general, no hay tiempo qué perder: es momento de comenzar a recoger, nuevamente, los preciosos vestigios de mi último naufragio profesional.
lunes, 28 de abril de 2008
La foto que se me fue
La benevolencia policiaca, de nuevo
- Uy joven, se dio una vuelta prohibida en Insurgentes...
- Pues si, lo reconozco oficial.
- Y con esto del metrobús... va a pagar una multa de 1,200 pesos, se le van a quitar cuatro puntos a su licencia, y además vamos a tener que remitirlo al corralón.
- Muy bien. Ni hablar. Lo de la multa lo creo, lo de los puntos también, pero quiero ver el reglamento, porque no sabía que por dar una vuelta prohibida tuviera que ir al corralón...
- Cómo no, sólo que hágase más adelante, para no estorbar...
120 metros más adelante (no había forma de no estorbar antes de eso) nos alcanza sudado y jadeando.
- Oiga, se paró muy adelante.
- ¿No me dijo que no estorbara?
- Bueno mire, sólo porque trae a las niñas no lo voy a remitir al corralón, pero de la multa de 1,200 pesos no se salva, ni de los tres puntos.
- Muy bien, sólo déjeme ver el reglamento... ¿No eran cuatro puntos?
- Aquí está, Artículo 6, fracción 5.
Lo leo, y en efecto, la infracción es dar vuelta en U en lugar prohibido. Luego voy a al cuadro de multas que le toca a esa infracción, y ¡oh sorpresa! sólo habla de 20 días de salario mínimo.
- Oiga oficial. Aquí no dice nada de lo del corralón.
- Bueno, pero ya le dije que no lo voy a remitir.
- Oiga oficial. Quiero repetirle esto. Aquí no dice nada del corralón.
- Bueno señor, mejor no se preocupe. Lo voy a dejar ir así nomás, para que vea que soy buena gente.
- ¡Ah pues muy bien!.
- ¡Andele, váyase con cuidado!
La última visión que tuve de él fue por el espejo retrovisor, caminando de nuevo hacia su puesto, tapándose la cabeza con su libreta de multas, bajo el inclemente sol.
martes, 8 de abril de 2008
Galleta de la suerte
No hay sistema
La primera vez que me presenté no tenía todos los papeles necesarios y no había sistema, pero al menos pude saber qué me faltaba.
La segunda vez llegué con todo en orden, pero la fila era demasiado larga, y un encargado me dijo: "Yo le recomiendo que vuelva otro día. El sistema está muy lento y hay mucha gente. Muchos de los que ya están formados no van a llegar a la ventanilla antes de que cerremos."
La tercera vez, el mismo encargado me dijo: "Se nos acaba de ir el sistema. Yo le recomiendo que vuelva mañana muy temprano, porque como a las dos horas de abrir, el sistema se vuelve muy lento y ya ve las colas, no nos da para atenderlos a todos."
La cuarta vez sólo aparecí para comprobar que tampoco había sistema.
Hoy fui por quinta vez. Llegué antes de que abrieran, y unos minutos antes pasó el mismo encargado de nuevo: "¿Trae bien todos sus papeles?" "Si -le dije-, es la quinta vez que vengo y nunca ha habido sistema." "¿Cómo cree? Aquí no nos ha fallado en mucho tiempo". Dicho lo cual, salió otro burócrata desde una oficina, y avisó: "No hay sistema. Esperamos que llegue en una media hora..."
Una hora después, cuando estaba a punto de abandonar nuevamente, reapareció el sistema.
Después de quince minutos de papeleo, firmas, revisiones y fotocopias adicionales, fui informado que nuevamente tenía que pagar un trámite en el banco y regresar. Les dije: "Oiga, pero cuando regrese ¿habrá sistema?". "Seguro", me dijeron.
En estos momentos sigo temblando.
Recibió su merecido
La historia es más o menos la siguiente: la planta fue encontrada creciendo impunemente y con gran desparpajo en la jardinera principal de una ciudad del interior. Había tenido la indecencia y la habilidad para nacer y desarrollarse en forma robusta, frondosa y roja, exponiéndose a la vista de todos. Como la carta robada, su escondite en la plaza central la había preservado intacta.
Pero era inevitable, en tales circunstancias, que en algún momento fuera descubierta. Fue reconocida, finalmente, por dos señoras de intachable reputación pública, quienes apenas se dieron cuenta de la impúdica presencia comenzaron a chillar y a señalar con dedos acusadores:
-¡Dios mío! ¡Vírgen santísima! ¡¿Qué es eso?! ¡¿Qué hace aquí?! ¡¿Cómo es posible?!
-¡Es mota, es marihuana! ¡Que no la vean los niños!
Como podrá suponerse, las exclamaciones suscitaron rápidamente la curiosidad morbosa de los transeúntes, que pronto se transformó en un alboroto de considerables proporciones. Por fortuna, unos minutos después llegó la policía. Las fuerzas del orden, que saben muy bien la peligrosidad de este tipo de tareas, llegaron con gran alarde de sirenas, códigos y claves, armas desenfundadas y chalecos antibalas para capturar a la peligrosa delincuente, que justo es decirlo, no opuso mayor resistencia al verse rodeada. El escuadrón cortó todas las salidas rápidamente, y con las máximas precauciones posibles, ante la vista de todos, públicamente se le leyeron sus vegetales derechos, lo que a fin de cuentas no impidió que fuera literalmente arrancada con evidente lujo de violencia.
Entre la rebatinga, sin embargo, no faltó la mano artera que cercenara a la frondosa delincuente una de sus ramas más robustas. Y si bien ningún rastro de este primer desprendimiento fue hallado jamás, este curioso accidente quedó asentado en el acta legal que un personero del ministerio público se vio obligado a levantar, de acuerdo a todas las formalidades jurídicas y procedimentales que el caso exigía.
Tampoco el trayecto hacia las oficinas policiales estuvo exento de dificultades. Se especula que durante el camino la delincuente perdió otros de sus miembros más prominentes, pero el número y peso de ellos no pudo determinarse con precisión (las declaraciones de los custodios involucrados son muy contradictorias y dado que constituyen un legajo de más de 1200 fojas, obviaremos por el momento responsabilidades personales y nombres concretos por considerar que no interesan a esta crónica.) El proceso, de cualquier modo, aun después del trágico final que a continuación expondremos, sigue en pie, por lo que cualquier interesado puede consultarlo si así lo desea (parece ser que es un derecho constitucional).
Dado que a partir de este punto los datos se vuelven más ambiguos y dudosos, sólo es posible especular sobre los hechos que sucedieron a continuación. El convoy llegó al cuartel y de inmediato se le asignó a la delincuente una celda especial. Elementos militares, avisados con antelación, habían llegado desde tiempo antes con equipos misteriosos, de los que sólo se pudo saber que era de “características altamente especializadas”. A partir de este momento, el proceso legal quedó cerrado a la opinión pública.
Fuentes confidenciales a las que fue posible tener acceso, sin embargo, permiten conjeturar algo del final de la historia: desnudada ante las fuerzas del orden, con pocos argumentos para negar su propia existencia, sin fuerzas ya para luchar contra las condiciones de su desarraigo y las mutilaciones sufridas durante su detención, así como en el trayecto de la jardinera a las oficinas policiales (por los custodios) la planta terminó por sufrir un colapso masivo (ante los cuerpos especializados) el cual consta también en el acta médica que se adjunta al expediente general. Las fuerzas del orden la exprimieron al máximo, retorciendo sus últimos retoños rojos. Después de la autopsia, asentada ya legalmente, fue incinerada de inmediato.
Por último, es necesario apuntar que, a pesar de la gravedad de los hechos, no hubo consecuencias sociales de importancia. Los acontecimientos finales son conocidos por todos: trascendió públicamente que el interrogatorio fue extenuante para los sobrevivientes y liberador para las fuerzas del orden involucradas, tal y como lo demuestran las fotos oficiales: en ellas es posible notar un ambiente de relajación general, seguramente aquel que sólo se expresa a través de la satisfacción del deber cumplido. Al final, fue gratificante para todos presenciar la parte más emotiva de toda esta historia, en la que tanto militares como policías y jueces ríen conjuntamente, en un ambiente de gran cordialidad. El único rastro que ha perdurado, en imagen archivo, acerca de esta terrible experiencia, son los brillantes e inyectados ojos rojos que todos los presentes ostentaron frente a las cámaras fotográficas y de televisión, consecuencia lógica, si se piensa bien, de un llanto compulsivo y natural frente a tantas y tan perturbadoras emociones, sucedidas todas ellas hace no mucho tiempo, en una bella y ya no tan pequeña ciudad de provincia cuyo nombre es menester ocultar.
(Publicado originalmente en Paréntesis No.4, marzo de 2000)
jueves, 3 de abril de 2008
Malasombra
Malasombra. En Ciudad Altamirano, Guerrero; el termómetro registró 45 grados. En Las cruces, Chihuahua; -5.
sábado, 29 de marzo de 2008
Ventana en azul
La ventana que me impujó a tomar más fotografías, y después la primera en el explore, también.
Kiosko morisco, Santa María La Ribera
El espléndido kiosko morisco de Santa María la Ribera, en el norte de la ciudad, fue pabellón de México en las exposiciones universales de Nueva Orléans, San Luis Missouri y París. Hoy es, con más frecuencia, sede de grupúsculos urbanos que se lo apropian los fines de semana: desde concheros con ínfulas prehispánicas hasta nuevos evangélicos. La imagen fue tomada, por fortuna, temprano en la mañana, antes de que todo eso sucediera, en un sábado de hace no muchos meses.
viernes, 28 de marzo de 2008
Historia de mi renta
Me presenté a la semana siguiente para entregar el adelanto. Abrió la puerta su hijo y me hizo pasar a la sala, pero en lugar del espléndido piano de cola, entre dolientes y gemidos, había un féretro gris. Mi casero yacía en la caja, tan campante.
La viuda se acercó para facilitarme las cosas:
— Ya lo ve, estaba ya muy malo...
— Señora, lo siento mucho. Vuelvo en otro momento...
— No, no, no. ¡De ningún modo!.. Prosigamos con el trato.
— ¿Eh?... ¿Cómo?... Bueno, pues entonces… ¿A nombre de quién hago el cheque?
El hijo, atento, intervino.
— Al portador estará muy bien.
Firmé apenas a un lado de la caja; y los poco más de dos años que vivimos ahí los pagamos siempre con cheques
“al portador”.
martes, 25 de marzo de 2008
El espectador en la vitrina
Sus instalaciones se componen de pabellones generalmente bajos, muchos de una sola planta, otros de dos, y algunos edificios más recientes y de mayor altura dedicados a especialidades como oftalmología, dermatología, nefrología, neurología, cardiología, cirugía, patología, medicina interna, etcétera. Todos los pabellones son más o menos independientes uno del otro, pero están rodeados por un jardín que los une entre sí a través de corredores techados. Si uno no es un habitual, el Hospital General es un laberinto.
Por sus pasillos pasa de todo, incluido yo mismo, que pienso visitar el Museo de Patología, en el que se asegura se encuentra el hígado canceroso del ex presidente Lázaro Cárdenas. Así que mientras camino y me pierdo por los pasillos, pasa ante mi el mundo del Hospital General: doctores de pelo blanco y aspecto venerable, médicos residentes de todos los rangos, estudiantes internos vestidos de blanco hasta los zapatos, enfermeras de toda clase y color, afanadores de azul o rosa, de ambos sexos, que llevan a cabo una labor perpetua de limpieza; de reos encadenados a sus policías (indistinguibles unos de los otros), de bebés en camilla asistidos artificialmente y en tránsito entre pabellones, de pacientes despeinados y empiyamados que deambulan arrastrando su suero, que se arrastran en muletas o silla de ruedas, ciegos de bastón, pacientes rengos y contrahechos, familiares perdidos que preguntan cómo llegar a algún laboratorio o que comen tortas y beben refrescos en los prados del jardín.
Mientras deambulo por tan fascinantes corredores contabilizo calderas, plantas de luz, cocinas, cafeterías, laboratorios, una zona de deshechos al aire libre llena de bolsas rojas que dicen “tóxico”, fotocopiadoras, bibliotecas, quirófanos, zonas de pago laboral y sindical, banco, auditorio, estacionamiento, crematorio… y todo rodeado por frondosos hules, jacarandas, fresnos, pinos, pirules o eucaliptos, que a su vez dan refugio a una cantidad inmensa de gatos.
Finalmente, llego al destino programado (nunca mejor dicho) y accedo al Servicio de Patología, que está formado por un edificio de dos plantas, con salida lateral a una de las calles de la tristemente célebre colonia de los Doctores. Arriba, la zona de disecciones y especialidades. Abajo, el área de recepción de la materia prima con sus respectivas salidas: la del crematorio al otro lado del estacionamiento; y la de entrega a deudos a un costado, con lugar para carrozas. Por el frente, que da al interior del hospital, se llega a la biblioteca y al museo de órganos, mi objetivo final.
Nadie puede decepcionarse de llegar hasta aquí. El museo es alucinante. Está contenido en una sola sala con ocho vitrinas centrales dispuestas en series de dos y de otros tantos aparadores de exhibición pegados a las paredes. Las piezas se encuentran suspendidas en una especie de tabiques de distintos tamaños (según la pieza) transparentes y solidificados. La colección es magnífica.
Se trata de órganos humanos con patologías imposibles de ocultar, que supongo sirven de ejemplo a los estudiantes (y de lección de vida a los que no lo somos). La ficha de cada ejemplar es escueta: contiene sólo el nombre del órgano en cuestión y su enfermedad observable. A veces, la información es demasiado técnica para el lego común y corriente, como yo. Todas las piezas tienen un extraño color kosher, debido a un proceso de desangrado necesario para la conservación. Los tonos ocres estremecen desde el primer momento.
La muestra incluye toda suerte de intestinos ascariosos, pulmones negros y cochambrosos, riñones invadidos por piedras que se asemejan preciosas, cerebros agujereados, teñidos o carcomidos, fetos anómalos y deformes (otros no, y por cierto, es impresionante ver el desarrollo de un feto a las pocas semanas de vida, lo que obliga a reconocer que algunos argumentos antiabortistas no dejan de tener algo de razón), cólones amibiados, vesículas “con aspecto de porcelana” (literal de la ficha), o huesos metastatizados. También son observables toda clase de micetomas, hongos enormes y deformadores en los que apenas se descubre, después de un tiempo de observar, la forma en que están unidos a algún miembro externo, como una mano o un pie. De especial interés y horror resulta un estómago peludo y negro, del que logro saber que perteneció a alguien que tenía el tic de comerse el pelo, y luego de un tiempo comenzó a acumularlo y a sudarlo por ese noble órgano.
Los estudiantes toman notas y los curiosos husmean, y aun cuando muchos familiares o visitantes pasan de largo y evitan mirar hacia el museo, los que se animan a entrar tienen toda clase de reacciones. Incluso, unos niños señalan a su papá cuál tráquea les gusta más.
Por fin, me doy por satisfecho y camino hacia la salida del hospital para llegar al metro. Aunque el mundo hostil y su comercio ambulante me esperan en la calle, yo apenas noto nada. Caigo en cuenta de lo infrecuente que es, para la mayoría de nosotros los vivos, volver la mirada hacia adentro de nosotros mismos… Y una vez hecho eso, concluyo, es necesario cuidarse de no hacerlo muy seguido.
Pero sorteando las fritangas, los puestos de chanclas para pacientes, y las plumas y relojes orientales, llego a una más cómoda conclusión de toda la visita: para todos los que tenemos frustraciones de índole artística, no hay duda que resulta muy reconfortante constatar, a pesar incluso de nosotros mismos, que también podríamos ser expositores permanentes, o al menos artistas en potencia, del Museo de Patología del Hospital General.
(Este relato fue publicado originalmente en el primer número de la, ahora desaparecida , revista Paréntesis, en diciembre de 1999)





